EL SÍNDROME CLIENTELISTA (POR JOSÉ LUIS MARÍN)

Buscar un protector o sentirse orgulloso de serlo son aspiraciones humanas propias de todos los tiempos. En cualquier sistema político conocido, como en cualquier ámbito basado en la convivencia, está presente el llamado “síndrome clientelista” (término acuñado por el sociólogo Luigi Graziano en 1970).

Se trata de relaciones informales, no reguladas mediante contrato y distintas del orden institucional, por lo que pueden considerarse “paralelas” al mismo, con el riesgo constante de lo amoral y/o el delito. 

En algunos momentos y contextos concretos, el ejercicio del patronazgo político y/o social ha adquirido un papel protagonista, convirtiéndose en la manera dominante en las relaciones de una comunidad. Los lazos clientelares, cuya presencia y sus protagonistas no resultan difícil de señalar o saber ubicar, han tenido y tienen en Sevilla un desarrollo e importancia decisivas. 

La expresión pública de las tradiciones religiosas, a riesgo de ser la expresión pública de cierta clase dominante, basa la realidad de su discurso en este tipo de relaciones clientelares. La fórmula neohumanista “ganar - ganar” ( todos ganan como efecto de toda causa) no rige el efecto que nace de ellas. 

A causa de la necesidad de contar con el público para la puesta en práctica de la esencia misma, es en la calle donde el ojo corre el riesgo de traspasar la delgada línea entre “lo respetable” de lo que espera ver y “lo reprobable" de lo que acaba realmente viendo. Y es en la calle (lo público) donde con total desencanto se acuerda tácitamente que puesto que todo es teatro nada que de ello emane merece ser tomado en serio. 

Una de las particularidades de las relaciones clientelares es la repetición en el tiempo de gestos que refrescan los lazos entre las partes y aseguran (cual juramento) la protección recíproca frente a los descubiertos.


Texto de José Luis Marín

Fotografía de elcorreoweb.es